El viaje marcó el comienzo de un nuevo libro.

Letras 2 by Sebastian Villalonga - Issuu

Los meses hasta llegar a la tierra deseada fueron muy duros y Amarau aprendió a convivir con la nueva persona en la que se iba transformando. Persona que nada tenía que ver con aquel muchacho que salió de su aldea con La primera vez que pisó la tierra la inocencia marcada en el rostro. A las pocas horas de estar etapa de su vida es como un libro allí se dio de bruces con la realidad.

Tan cercanas y a la vez memoria. Me senté sin mirar el gran abismo bajo mis pies desnudos, fue entonces que sentí tus manos sobre mis hombros, manos grandes y blancas, suaves y firmes.

Me acomodé mejor en tu fantasmal aroma, mientras mis piernas ondulaban al vacio. Respiré tu tranquilidad, me sentí menos vacía, pero a la vez insatisfecha. No lo sé Deseo entre mis miedos, entre el infierno y cielo que me mezclo y empapo, extrañarte con mi ser. Siento que la muerte es este abismo en el que me siento para recordarte. Pero mi madre subía muy seria y con los ojos acuosos. Otra vez había estado llorando. Se puso la bata. Una bata primaveral que parecía un mantel de los que se extienden en un campillo para celebrar un picnic.

Y del bolsillo sacó un pañuelito blanco bordado por ella misma. Yo me calentaba al fuego de aquel salón acogedor, con cuadros prerrafaelistas en las paredes y cubertería de plata en las vitrinas. Yo no sabía por qué lloraba esta vez mi madre, pero debía ser muy grave, pues estalló en sollozos creyendo que yo dormía en mi cuarto. Todavía estoy muy débil Llegó a estar tan grave que su cuerpo no absorbía los nutrientes, por lo que adelgazó mucho y al mismo borde de la muerte estuvo.

Le costaba respirar todavía y se la veía desmejorada. Lo entendí enseguida. Hablaba con el médico. Iba a tener otro bebé. La noticia recorrió mi columna vertebral como si fuera un cubito de hielo en pleno invierno, con las habitaciones enfriadas por la noche y sin un fuego que calentase las manos. Se me. Un rey egoísta, egocéntrico y narcisista que me quitaría todo el protagonismo.

Por su puesto esto no lo pensaba conscientemente. Yo solo sentía como si un pedazo de mi corazón se hubiera muerto. Cuando llegó mi padre se produjo una fuerte discusión en la cual yo intenté mediar empujando a mi padre, pues él era el que gritaba fuerte y levantaba las manos con gesto amenazante. Pero después del sofoco vi a mi madre sonreír, escondida en un rincón, mientras pasaba el paño a su figura favorita: Al día siguiente, hurgando en el bolso de mi madre, como acostumbraba a hacer sin que ella me viera, descubrí un cuaderno.

Las cubiertas eran blancas y en su interior reconocí la letra de mi madre escribiendo a una tal Rosita. El texto era muy largo. La letra de mi madre era muy bonita.

En esa canción la llamaba Rosita. Me sentí tremendamente enfurecida pues a mí, durante su embarazo, no me había escrito cartas o, al menos, yo no las había visto. Sentí deseos de matar a esa niña. Incluso hablaron de comprar la cuna y algunos utensilios para el cuidado del próximo hermano. Yo, me moría de envidia. Como siempre, aquella noche me mandaron pronto a la cama.

No hubo pasado ni una hora. Siempre atenta al pequeño reloj, iluminado por una vela, que parecía un diamante perdido en una cueva. Cuando mis padres empezaron a hacer el amor. Mi madre gemía simulando placer y mi padre la embestía como descargando en ella toda la agresividad contenida de un día de perros. Yo los espiaba tras la puerta de mi dormitorio. Entonces mi madre me vio y yo corrí a la cama temiendo que en su vergüenza me abofeteara la cara. Pero calló y continuó con el acto que yo sabía que para ella era un suplicio. En mi cama envidiaba a mi padre y su falo.

Con él poseía a mi madre, la hacía suya y a la par. Yo no podía poseer a mi madre porque no tenía falo.